miércoles, 13 de enero de 2010

LA SONRISA DEL CIEGO

Hoy quiero dedicar este relato a todos los cofrades que leen mi blog. Que la Semana Santa es especial y no es motivo para discutir sobre cual hermandad anda mejor en la calle o cual banda toca mejor... es Semana Santa. Y con eso, está todo dicho. Con este relato gané el segundo premio del Concurso Literario Mi Semana Santa" del año 2004. También poseo otro segundo premio, en el año 2006, y dos terceros premios. Por cierto, si alguien me puede pasar las bases de este año escaneadas, lo agradecería.



La Sonrisa del Ciego

Ayer llegó un poco más tarde de lo normal. Él era el mejor amigo de su hija, y terminó haciéndose el mejor amigo de ella. Ella... vivía en soledad, encerrada por las cuatro paredes de su habitación, y siempre metida en la cama, no se podía ni asomar a la ventana, aquella ventana desde la cual se podía ver, a lo lejos, la silueta de la Iglesia. “He salido a pasear al perro”, le decía siempre que iba a visitarla, cuando en verdad era una excusa como otra cualquiera. El perro se quedaba quieto hasta que su amo le indicaba que era hora de marcharse. A ella le encantaba la Semana Santa, pero estaba siempre postrada en su cama, ajena a sus dolores, y la única semana santa que conocía era la que él le narraba, año tras año, a través de su ventana, cuando iba a visitarla a la hora que la procesión comenzaba. Su hija, sin nada que reprocharle, hacía su vida y nada más. Él suponía que sería feliz de que su supuesto mejor amigo le hubiera cogido tanto cariño a su madre. Y así, se sentía tranquila. Él se daba por satisfecho por poder sentir la procesión desde un sitio tan privilegiado, y narrarla a través de sus sentidos lo hacía sentirse aún mejor, pues disfrutaba de la procesión el doble que el resto de la humanidad.


“Acaba de asomar la Cruz de Guía de la procesión de hoy. Alta, de madera maciza, y seguramente, muy pesada, según demostraba el esfuerzo que el penitente que la portaba iba acusando a cada paso... es como si le costara mucho trabajo llevar tan poco peso. Un farol a cada lado de la cruz de guía hacía que ésta tuviera unos finos reflejos a ambos lados.” Así empezaba a narrar todas y cada una de las procesiones que desde la ventana de ella tenía la suerte de disfrutar. Todas con la misma emoción, los mismos sentimientos, y la misma dedicación. Sin perder un ápice de esperanza de volver a ser el que era, continuaba con la narración: “¿Escuchas las primeras notas de la banda? Yo sé que te encanta esta banda. Pero voy a seguir narrándote la procesión, pues las notas musicales estarán siempre por encima de mis palabras.” Y así, él contaba como era cada uno de los penitentes de la banda, cada una de las trompetas, y cada uno de los tambores; cada instrumento era explicado con el máximo detalle. Y de fondo sonaba el cielo transformado en sufrimiento gracias a los acordes de aquellos músicos anónimos. “Hoy hay muchos penitentes de luz portando los cirios, la fila es casi interminable. Los hay altos y pequeños, gordos y delgados... pero todos con ese mismo corazón alumbrado por esa pequeña llama que sostienen entre sus manos.” Ella se emocionaba al escuchar todas estas palabras, pero más aún se emocionaba de tan solo pensar que el Cristo ya se hallaba cerca de su ventana y que, un año más, encontraría un gran regocijo en su corazón.


“Los fiscales de tramo andan de un lado para otro, hacen que los penitentes y la banda marche más aprisa o más despacio, según convenga... porque todo ha de salir bien y el Cristo ha de aparecer de un momento a otro”. Y no hacía falta que él le dijera que el Cristo asomaba por la puerta, pues ella lo podía adivinar al escuchar los aplausos de la gente y los sonidos de la banda de acompañamiento. Entonces era cuando ella cerraba los ojos y formaba una imagen en su mente... la misma imagen de todos los años, la misma que desde que se encontraba atada a su cama, se imaginaba en su cabeza... porque ella era puro sentimiento. Ella era capaz de sentir cada paso de los costaleros en cada segundo de silencio que él provocaba. Y así, el paso de misterio fue avanzando y se perdió entre la gente, dando paso a...

“Más cirios, señora. Detrás de la banda hay más penitentes con sus llamas, acompañando a la Virgen. Aquella a la que rezas todos los días, está a punto de arrimar su rostro al nuestro.” Y en ese momento, sobraban las palabras... Los cirios caminan, la Virgen sale, la gente grita “¡¡guapa y guapa!!”, la banda se viste de gala con sus mejores acordes y la calle se queda desierta con el avanzar de los costaleros que llevan a aquella Virgen... la de hoy. La de todos los días. La que cuando le rezas, lo haces con alegría, sin pensar en tus penas, que es la pena mía... le rezas poesía.


¿Y aún me preguntas qué es poesía? Poesía eres tú, tú eres poesía, Virgen María, María de Linares, Linares de Andalucía, tierra cofrade de noche y de día, donde tu nombre es pura melodía, donde se llora por una madre, y nadie lo negaría... la madre de todos, la Virgen María.

Y él recuerda aquel día en que eran las 3 de la tarde... la lluvia era intermitente, pero seguía lloviendo. Y no tenía pinta de parar de llover. Se sentía libre. Cada gota que caía sobre él, le hacía más libre. Era una sensación indescriptible. Cuando llovía, nunca cogía un paraguas. Quería luchar contra la naturaleza, porque la vida lo hizo así. El agua caía sobre su cabeza y se deslizaba por su rostro, sus mejillas... y el pelo, mojado, se independizaba de la cabeza, se movía con el viento y se helaba con el tormento de su sufrimiento. Porque por padre tenía al viento, por madre al sufrimiento, y por alma... su corazón que la deseaba a cada momento. Aún así, la banda formó y el caja principal dio el golpe de aro. Empezaron a andar con paso firme, al compás de los tambores, entre las filas de cirios que se abrían paso. La banda se colocó delante de la procesión y esperó... a que las imágenes titulares salieran, igual que la banda, sin temor a la lluvia. Pero nunca salieron. Al contrario que él, tenían miedo a la lluvia. Y cuando de verdad lo intentaron, más llovió y se quedaron, para siempre, escondidas en el corazón de cada uno. La lluvia se convirtió en llanto, el llanto se convirtió en Soledad, la Soledad en desencanto, el desencanto natural de ver las calles vacías por el llanto del Viernes Santo. Aún así, a él le siguen gustando los días de lluvia. Porque el agua cae sobre su cabeza, y se desliza por su rostro, sus mejillas... y se mezclan con sus lágrimas. No hay nada como llorar en plena calle un día de lluvia. Pero no hay nada tan amargo como el llanto... del viernes santo. Agua y llanto se mezclan para dar libertad a los sentimientos de cada uno... es la única narración triste que tuvo que darle a ella. Pero todo lo hacía por ella... hasta que un día...

El dolor de la muerte no es dolor si no es por ti, es el dolor de quererte y no poder hacerte feliz, es el dolor de no verte ni tan siquiera sonreir, por nosotros Cristo perece y todos debemos morir... y no pudo ir a narrarle la procesión. Unos meses antes de Semana Santa... su corazón falleció. Porque se sintió tan vacío, que no quiso seguir adelante... como esos costaleros que sentía por la ventana de ella. Deseaba volver a ver, y quizá esa era la única manera, y tenía tantas ganas de ver... siempre las tuvo desde pequeño, cuando perdió la vista. Era ciego. Y ella se negó a admitirlo. Pero era la verdad. Él le hablaba con los ojos... de su corazón. Y ella nunca llegó a entender cómo le podía narrar todas esas cosas tan bellas, tan preciosas, tan especiales y grandiosas, que supuestamente, veía. Y se quedó dormida pensando en su primera narración...

“Sonríe. Haz feliz a la luna de esa forma tan especial como tú sabes hacerlo cuando sonríes. Contágiale tu alegría, haznos felices a todos. Dame una sonrisa sincera, amable, cariñosa, tierna... y a la vez, que sea provocadora, cautivadora, especial, entrañable. No fuerces tus labios, no tienes por qué pintarte la sonrisa. Últimamente siempre te pintabas la sonrisa, porque la verdadera, la tuya, la natural, estaba escondida. Muéstranos tu verdadera sonrisa. No quiero ver más en ti una sonrisa forzada, una sonrisa sin ilusión, sin ganas, sin fuerza... una sonrisa tímida, frágil. Sonríe. Tu sonrisa ilumina mi amanecer, se introduce en mi corazón y me da fuerzas para vivir. Tu sonrisa provoca al viento, que cuando pasa por tu rostro, no se atreve a rozarte los labios. Tu sonrisa evapora las lágrimas de mi alma, lágrimas de esperanza vertidas sobre cristales rotos, rotos por tu sonrisa capaz de hacer pedazos el espejo donde se reflejan tus ojos. Tu sonrisa es capaz de desgarrar los versos más preciosos de la pluma de un poeta. Sonríe, porque ni tú misma sabes el poder que tiene tu sonrisa. ¿Me harás ese favor? Hazlo por mí. Siempre tienes que sonreir, aunque yo no esté delante, no te preocupes por mí. Yo miraré a la luna, y le preguntaré a ella, y ella me dirá si has sonreído.

Y cuando veas la Cruz de Guía, no dejes de sonreir. Eso significa que ya es Semana Santa, que las procesiones están en la calle y que un año más, la primavera ha llegado. Sonríe, preciosa, y observa esa Cruz de guía. Contempla su belleza, admira sus detalles y fija la mirada en cualquiera de sus partes. Este es el inicio de la procesión, sonríe y prepárate a disfrutar de tal acontecimiento. El sol que pasa a través de la ventana baña tu rostro y cubre tu pelo por completo. Pelo deslumbrante, radiante, asombroso... rubio como la luz de un cirio que asoma por entre la puerta de la Iglesia...”

“... recuerda que estés donde estés, siempre habrá un corazón latiendo al compás de tu sonrisa... y que junto a tu sonrisa, estará la sonrisa del ciego.”

2 comentarios:

  1. No tengo palabras para describir lo que acabo de leer...precioso, sin duda , precioso

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  2. Gracias Jaime por tu comentario. Espero poder cumplir con lo que te prometí lo antes posible.
    Un saludo.

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