jueves, 20 de mayo de 2010

RENCOR Y GRIETAS

No soy rencoroso. Más bien, al contrario, soy compasivo. El rencor no conduce a nada, y el odio menos aún. A veces no entiendo absolutamente nada. No entiendo los chantajes, no entiendo los suspiros, no entiendo los oportunismos, las situaciones ventajistas. El rencor fabrica esas grietas que, tarde o temprano, terminan por dividir la estabilidad. Y, haciendo una penosa comparación, me atrevo a decir que todas esas grietas juntas forman el odio. Aunque todavía estoy intentando averiguar a qué. Odio a qué. O a cuánto. Y no me refiero a cantidad, sino a calidad. La calidad de odiar aquello que nos repugna, aquello que se nos resiste o se nos escapa de las manos. Cualquier acto de rebeldía hacia la sumisión impuesta, será odiada. Qué pena. Qué pena que, sin intentar hacer daño, nos lo terminen haciendo. Qué pena que siendo sincero, siendo natural, sencillo, nos traten de obligar a la vez que nos prohiben prohibir a aquellos que nos obligan. Qué pena que el raciocinio de la gente no llegue ni siquiera a entender lo más elemental. Qué pena no gustar tal y como eres, y no respetar tal y como fuimos. Estoy convencido de que mi primer Yo ya no le gusta. Y no quiero ser este Yo que, actualmente, soy.

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