Tristezas de una inmigrante
El madrugar no me cuesta. Mi trabajo me obliga a hacerlo, y gracias a ello, pronto podré verla a mi lado. Lo que me cuesta es pensar tanto en su ausencia desde horas tan tempranas. Luego, mientras el día consume sus instantes, me duele menos acordarme de ella porque sé que la tengo más cerca. Es incontable el número de veces que me asomo a la ventana, cómo si estuviera esperando su llegada… y de nuevo lo veo. Ni siquiera sé si él tendrá que madrugar, o igual ni se acuesta. Apenas conseguirá dinero para poder subsistir. El caso es que tampoco es mucho más distinto que yo. Siempre que lo veo, al menos, me consuela pensar que estoy algo mejor que muchas otras personas. Hace frío. Lo sé por su mirada, y por su forma de temblar, intentando disimular que lleva un mal día. Lo poco que tiene, lo vende para poder vivir. Día tras otro. Sin tregua. Para él, también quedan poco días para la Semana Santa, aunque seguro que no nota la diferencia, porque seguirá haciendo lo mismo. Esos días, en los que los pasos andan por las calles, la gente se amontona en cada rincón, en cada esquina, él seguro que no va a faltar, porque no puede faltar en esos momentos. No puede desperdiciar estas oportunidades que la vida le da de vez en cuando.
Y, por fin, el Domingo de Ramos llegó con el alba tras la noche, con los rayos del sol tras las nubes, con la ilusión disfrazada de niño, con la pasión hecha cofradía, con Linares transformada en Semana Santa. Llegó con el tren que transportaba parte de mi vida y parte de mi ser. Pocas horas antes de que la Cruz de Guía asomara por las puertas de San José, pude abrazarla, a mi niña, con lágrimas de acuarela y pinceladas de alegría que camuflaban una sonrisa inmensa en todo mi cuerpo. Qué fácil fue madrugar aquel día, sin penas, sin tristezas… sin querer tener apenas recuerdos, ningún recuerdo.
La gente es feliz simplemente haciendo fotos de las imágenes, o saliendo con los amigos para ver las procesiones. Otros ni eso. Ignoran este acto de fe. Y algunos ni lo respetan. A mí, sin embargo, me gusta. Contemplo con un profundo respeto. Y respeto a los demás. Acepto las tradiciones, las costumbres y la fe. Y a ella… a ella le encantan las procesiones, desde que el año anterior presenció todas y cada una de ellas hasta que el destino se la tuvo que llevar. No hay tarde sin procesión, ni procesión sin que ella esté por alguna calle de Linares observando su caminar, su andar por el asfalto, su sentir imaginero. Observando sus bandas, sus acordes, sus notas. Escuchando las manos de los músicos hacer sonar sus instrumentos. Escuchando el caer de una gota de cera sobre el suelo firme. Y mirando la mirada de Dios. Dios del Jueves Santo, Señor del Miércoles Santos, Cristo del Viernes Santo. Mirada sobrecogedora, incluso para una niña. Ella me enseñó todo lo que sé de la Semana Santa. Porque ella la vive como nadie. Y yo atiendo a sus explicaciones con toda la ternura que ella merece: “El Senatus es una enseña de carácter histórico y no religioso; su misión es evocar a las cohortes romanas que acompañaron a Cristo al Monte Gólgota.” ¡Qué bien habla! O cuando me dice: “La Cruz de Guía va al inicio del desfile porque la Cruz es el símbolo del cristianismo y así se indica que todos los que la siguen son cristianos.” Yo, lo único que quiero siempre, es escucharla. Así me siento feliz.
Pero sin embargo, por él, nada podía yo hacer. Y por entre la gente, allí se encontraba, de nuevo. No había día en que no se le viera, porque el blanco de sus ojos iluminaba como si de un cirio se tratara. Sus ojos serán siempre sus cirios, su tristeza será su rachear, y los latidos de su corazón serán sus únicos acordes en el desfile de su vida.
Madrugada. Linares ha dejado de llorar… porque no le queda más llanto que derramar. Noche de saetas en el cielo pasión. Limpio y estrellado, blanco y morado, paso lento y pausado, dolor silenciado, cada paso avanzado es una lágrima en el rostro de una madre. E igual que yo me siento madre, él se sentirá hijo. Porque, de nuevo, allí estaba él. El aire cautivaba el llanto de las gargantas, llenaba el silencio de cirios y transmitía la pena de su mirada. Cuando lo miré, palpé el rostro de mi hija y me sentí afortunada. “¡La vida de un inmigrante está llena de tristezas!”, pensé. Y, a pesar de ser yo también otra inmigrante, sentí una inmensa pena al verlo, tan sólo, tan vació, en aquella noche, madrugá, por las calles de Linares. Porque yo estaba con mi hija y él… hacía tan sólo dos días que una nueva patera se había hundido en las costas gaditanas, con quince nuevos inmigrantes muertos. Quizá alguno era familia de él. Quizá, sin entender nada, sin saber qué pensar acerca de lo que estaba ocurriendo.
Consuelo de mujer, alma de cofrade, siéntete querer, siéntete, madre, siéntete poetisa de versos y alardes, de voces y saetas, de pasos, de luces, de velas y caperuces, de notas silenciosas y lágrimas rotas. ¡Siéntete cofrade! Y me siento cofrade por ella, porque ella también es cofrade a su manera. Pero ante todo, yo soy madre. Mientras tú disfrutas de la Semana Santa, yo disfrutaré de tu presencia… esta vez para siempre.
Y por la noche, Linares está de luto. Tras el luto, y unos cuantos cirios más adelante, una vez más, lo vuelvo a encontrar. Me sonríe y yo, tímidamente, consigo mover ligeramente la comisura de mis labios. Seguramente él también se ha percatado, innumerables veces, de mi presencia, de mi situación. Me devuelve un guiño y la mira a ella, a mi hija. Entonces comprendo sus guiños. Él está contento porque, un día más, ha sobrevivido; y yo estoy contenta porque estoy con ella, con mi hija. La única triste, la única que llora, es mi hija… porque está observando a Cristo Yacente bajo la luna de Linares.
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Manolo, acuérdate; algún día serás pregonero y una de tus fotos cartel oficial de la Semana Santa, al tiempo.
ResponderEliminarUn saludo.
(cada vez me dejas más asombrado)
Hola Taty. Gracias por los halagos. No hay problema, puedes poner un enlace al blog y yo pondré un enlace al tuyo.
ResponderEliminarGracias por leerme. Saludos.
Hola caracolillo. Más quisiera yo llegar tan lejos, aunque te agradezco que me invites a soñar. Me haría mucha más ilusión lo del cartel, ser pregonero es algo mucho más difícil y de más responsabilidad.
ResponderEliminarGracias de nuevo.
Saludos!!
... No tengo palabras, querido Manolo.
ResponderEliminarEsto que acabo de leer es realmente maravilloso, triste y apocado, sincero y punzante, real y emotivo.
Estoy sorprendida, perdona, pero jamás te leí así. Ya sabes que cuanto escribes me gusta, que de normal son reflexiones, quejas, protestas o algun que otro desvarío (con perdón) mental, que enturbia tu pureza de espiritu.
Imaginate, nunca me ha llamado mucho la Semana Santa, y eso que en mi ciudad y barrio, cada año hay muchas cofradías que son una auténtica maravilla, su devoción, pasión y fe, hacen de esta fiesta popular, un gran escenario por las calles; los silencios, los caballos que en su trote, crean un baile esplendido. Y todo eso lo admiro. Y te he leído, y me has recreado tan perfectamente esta fiesta, el escenario, las saetas, las gentes en silencio adorando al santo padre y a su hijo, a la virgen...
La historia es triste, mucho, me has empapado de ella, llegando hasta mí, y provocando mis lágrimas.
Escribes de una manera muy profunda, espero que éste no sea el único relato que vea y lea de tí, por favor.
Gracias por compartirlo, mi querido amigo.
Infinitos abrazos!!!.
Hola May. Tanto halago me sonroja, ya lo sabes. Este relato ya tiene unos añitos, y me supuso un segundo premio. Me alegro de que te haya gustado.
ResponderEliminarNo me gusta hacer llorar a la gente, pero hasta yo mismo a veces lloro cuando escribo, pienso que eso no es malo. Seguramente porque me pasa a mi y a mucha más gente.
Ya irás viendo, si no lo has visto ya, que soy un apasionado de la Semana Santa. Que es muy distinto a creer en la iglesia...
Abrazos!!!