sábado, 7 de enero de 2017

MUJER FATAL

Un año pasa tan rápido como cualquier otro. Da igual si estás enfermo o moribundo, si trabajas o divagas, si vives en la infancia o la pubertad. Quien está muerto en vida no puede morir otra vez. Y eso se entiende o se presume de ello; ignorando, quienes hacen esto último, que cuando no hay calidad tampoco tiene por qué ser bueno que haya cantidad. Necios hasta la sepultura, aunque no llamaría necio a quien sólo alaba a su propia figura...

En fin; me gusta creer que cuando alguien muere conoce la verdad, la verdad verdadera, contada desde un lugar superior, por un ser superior, con un lenguaje superior. La verdad del pasado y del presente; el futuro no tiene aún verdad, pues no existe. Y ahí reside mi consuelo. Tengo la conciencia muy tranquila. Porque, aunque no lo crean, suele ser el menos culpable el que más sufre con las consecuencias de nuestros actos. El problema es que otros no respetan ni a los que ya no están entre nosotros. Si todavía estuvieran sabiendo lo que saben, sentirían vergüenza, mucha vergüenza, propio o ajena... pero vergüenza, después de todo.

Las efemérides llegan, queramos o no. Y después de un año, la verdad, siento algo de tristeza por lo que pasó en el día en que pasó. Lo que la vida te da, la vida te lo quita. Lo que a veces entregas, a veces lo recibes. Es muy fácil ir a misa con el abrigo de visón y estar libre de pecado a los pocos segundos de salir por la puerta a la luz de la calle...

Que cada cual saque sus propias conclusiones.

sábado, 31 de diciembre de 2016

UVAS DE ALGODÓN

Y otros menesteres propios de un día como hoy. Más valdría emplear nuestras fuerzas en lo que realmente es necesario y no usar tantas bolsas de cotillones vacías de verdad. No, no quiero que me creas. Me refiero a la verdad como vocablo, no a la verdad de una bolsa que, por sí misma, no tiene sentido. Así es la gente que vive flotando siempre en la misma burbuja, llena de vanidades y suero envenenado para mentir. En fin, no puedo decir más cuando lo primero que brilla por su ausencia es el respeto a los demás. 

Poco a poco me voy liberando. El abanico de la indiferencia se va haciendo mayor, mientras que la ignorancia a aquello que no vale nada se hace más fuerte. Es cierto. Hay heridas que no dejan de sangrar en la vida, pero no por ello son mortales. Incluso, si sabemos mirarlas desde el punto de vista optimista, nos pueden beneficiar. Quiero creer simplemente en lo bueno de las cosas, y con lo bueno de las cosas me voy a quedar. Algunos creerán comer uvas de algodón desde su privilegiada posición en un mundo imaginario y puramente ilusorio lleno plagado de cuentos infantiles escondidos tras la sonrisa de la falsa devoción. Devoción tenemos todos, ojo; no nos equivoquemos. El egoísmo es sólo para quienes hacen uso de él, así que son cosas diferentes.

Terminaré por no creer en las casualidades. Por pensar en que todo pasa por algo, como dije antes. Y si no lo dije, lo digo ahora. Lo que sí he dicho otras veces es que una fecha no deja de ser una fecha. Puedo celebrar que estoy en el 2017 en marzo si me da la gana. O si me apetece. Sigo afirmando que cumplir años no sirve más que para envejecer el cuerpo y seguir liberando la mente. Mantengo que puedo ver a cualquiera de mi familia o amigos un día diferente al de Navidad. Y que aquí no hay nadie Santo... quizá es que el día de mi onomástica no me puedo morir... En fin, que la vida es un día cualquiera y en un día cualquiera puedes vivir toda una vida. Yo soy feliz entendiéndolo así.

Y ahora, que tengo tiempo, si me lo permiten, voy a estudiarme un poquito mejor ese cuento que tanto me piden, el de Caperucita Roja... ¡Ah! Y el de los tres cerditos. ¡Noa! ¡A dormir! Había una vez...

sábado, 24 de diciembre de 2016

MEMORIAS, LLANTOS, ALEGRÍA Y NAVIDAD

Lo que verdaderamente nos entristece son aquellas navidades que ya no caben en nuestra memoria, muy a nuestro pesar. Es más el miedo que la alegría; es más el temor que la esperanza. Nos damos cuenta tarde de que sólo olvidamos lo que queremos olvidar. Yo no voy a ser menos... tampoco tuve un pasado perfecto. Y cuando quiero recordar, recuerdo aquellas en las que había luces y adornos, dulces y encuentros, y juegos, muchos juegos. Hasta altas horas de la madrugada, con un ordenador más lento que el más lento de los móviles actuales. Pero con mi oscuridad rodeada de luces y días cortos pero intensos, sin pensar en obligación alguna.  

Por otro lado, no puedo recordar las navidades que nunca van a existir. Aquellas que parecían tan cercanas y que luego, por motivos que no podemos controlar, se nos presentan imposibles de vivir. Entiendo la tristeza de las personas mayores que en su día tuvieron mi edad. Entonces busco la pena en forma de agua brotando por entre las esquinas de mis ojos; a veces la encuentro, y la doy la bienvenida como cualquier otro momento mágico en la vida de quien desea vivir la Navidad. Siempre hay momentos para llorar. No sé si mis hijos van a tener la Navidad que merecen; sólo sé que tendrán la Navidad que uno pueda darles, ni mejor, ni peor. 

Querer que termine algo es como desear tu propia muerte porque, en definitiva, va a terminar, queramos o no, y tenemos marcados los momentos de nuestra vida. Cuando no haya vida, sí que no va a haber momentos. Y viceversa, si los pensamos de distinta forma. 

Lo que de verdad me entristece es no poder sacar a la gente de lo negativo de las cosas. Es esa gente la que impide que otros disfruten de lo positivo. 

Hay veces en que es mejor un llanto en la sombra que un desprecio en la cara.


sábado, 17 de diciembre de 2016

INEVITABLE

Cada cual en su sitio. Y, después, cada uno en el sitio de los demás. Con el tiempo, uno se da cuenta de que hay cosas que parecían haber existido pero realmente no existieron. Hoy día sigo descubriendo remordimientos tan ingenuos como precarios. Si alguien quiere que no avances, desde luego que lo puede conseguir; cualquier paso que consiga dar habrá que tomarlo como una pequeña victoria. Las mil y una contradicciones siguen estando a la orden del día, aunque finalmente tenemos que reconocer que nuestro corazón se hace a todo. Se acostumbra a todo. Y se resiste a todo... mientras que no se arrepienta de nada, no tiene por qué ser algo malo.

No quiero pensar que soy el único que trata de evitar lo inevitable; además, es inevitable, así que no se puede evitar. No me voy a molestar más. Lo primero es luchar por uno mismo, para así poder luchar por los demás. Es incomprensible que aquellas personas que no se pueden proteger a sí mismas sean las encargadas de proteger a otras personas. Incongruencias elevadas al cubo. Insisto: no se puede evitar. Así que debemos y tenemos que continuar con la lucha en una balanza que está, desgraciadamente, equilibrada; compensada por una justicia que no se soporta ni a ella misma.

Mis sospechas se confirman... o mejor dicho, se han confirmado siempre: quien nunca ha tenido uso de razón difícilmente lo va a tener con más años encima. Afortunadamente no todo es para siempre.

Espero que la derrota no gane la batalla.

sábado, 10 de diciembre de 2016

CUAL HOJA DE OTOÑO

Confieso tener envidia de quienes olvidan lo importante. Al menos, aquello que debiera ser importante, para ellos mismo y para los demás. Recuerdos que no se deben olvidar, incluso siendo deleznables y llenos de resentimiento. 

Tenemos demasiados derechos y más bien pocas obligaciones. La gente lo sabe, y se aprovecha de ello. Mil asuntos requieren mi atención; el menos importante es el que más importa para quienes tienen olvidos dignos de no recordar... aunque solo para algunos. Todo se seca cual hoja de otoño; y el tiempo no iba a ser menos. Aunque tampoco tiene por qué ser más. Resulta que ahora tengo que explicar mi versión de unos hechos que, realmente, no necesitan más atención que las justas y necesarias. Aún sabiendo lo que uno sabe, tengo que defender algo que está sobradamente demostrado. El "no me acuerdo" vale más que una prueba clara, concisa y eterna. 

Va a ser cierto eso de que las palabras se las lleva el viento, ya sean pronunciadas por unos labios que denotan temor o escritas en unos papeles que vuelan por el aire que sopla de un sistema que está, definitivamente, mal diseñado. El tiempo da y quita razones, aunque algunos no sepan verlo; o, quizá, no quieran. Hay que inventarse lo que sea por tal de salvar el culo, mientras sienten que se les ponen hasta los pezones rojos de pura vergüenza jamás reconocida como tal.

Así que no me queda otra que sentarme en un banco y ver caer el otoño en forma de hoja seca. No, no tienen palabras escritas. Y aunque las tuvieran, no servirían de nada...¿quien no ha pisado alguna vez las hojas caídas de los árboles?

Qué pena ver la dignidad de algunas personas caer cual hojas de otoño...

sábado, 3 de diciembre de 2016

ROJO PROHIBIDO

Más de lo mismo. La vida no va a cambiar en demasía si las personas no se lo proponen. Desgraciadamente, no, no se lo proponen. No les interesa, o bien son demasiado perezosas para ello. Y cuanto más nos empeñamos, menos favorables pueden ser las alergias que nos produce pensar en el pasado. Cuando el animal irracional sale a la luz, el instinto queda cegado por el fanatismo de la mentira. Ni siquiera escuché gritar mis nombres al viento del rocío. Un camino, por largo que sea, no deja de ser un camino; es decir, tendrá un final, tarde o temprano. Después de todo, todas las calles llevan al mismo lugar, siempre y cuando sepamos dónde está dicho lugar.

Dicen que la sospecha no es buena consejera; pero, realmente, cuando te ocultan la verdad, la sospecha deja de tener ese sentimiento de mentira. Igual que una persona resentida. En este caso, es probable que no se sepa cuál es la verdad, pero intentaremos que se conozca al menos la mentira. Del rojo de lo prohibido al verde del camino. 

Corremos el riesgo de equivocarnos cuando decidimos dar mucho por alguien que simula realmente y únicamente cierta complaciencia; pero es que si no arriesgamos, la vida sería un poco aburrida, en el amplio sentido de la palabra. Todo lo que demos puede ser siempre insuficiente: no conocemos el egoísmo de nuestros enemigos. Y el egoísmo de la gente que conocemos no nos importa... hasta que uno empieza también a preocuparse por sí mismo. Justo en ese momento, se invierten los papeles...

... y resulta que siempre fuimos nosotros los egoístas y ellos los generosos. El problema es que una generosidad sin sinceridad termina siendo descubierta.

Y justo en ese momento, decidimos ser libres. Aunque nadie nos asegura volver a equivocarnos.

sábado, 26 de noviembre de 2016

MONTAÑA DE NAIPES

Sinceramente, no creo que uno elija aquello que quiere ser. Por primera vez, siento pena por aquello que sucedió, pero que también se pudo evitar. Y es raro, porque suelo tener mucha paciencia. No tuve tiempo ni de llorar, y, hoy día, sigo sin tenerlo. En plenitud de mi felicidad, aún pienso qué sería de mi si me hubiera arrepentido de algunas decisiones, o si no hubiera tomado otras. Puedo imaginar que la soledad se torna sufrimiento; O, mejor dicho, no es que lo imagine... es que lo sé. Simplemente porque lo sufrí. Mi montaña de naipes se cayó al suelo, directamente, haciendo 'plof', sin más. Como un forajido, te marchas, con una presunción de inocencia ignorada y sin ningún tipo de derecho. Y, entonces, te buscas la vida, con la necesidad de no perder la compostura en ningún momento. Porque puede parecer que se para tu vida, pero no se para la vida.

Entonces, caes al azar en cualquier sitio del mapa y empiezas a vivir de otra forma. En un techo prestado, una cocina incompleta y un baño pequeño. Y piensas. Y reflexionas. Y te tienta querer volver a la tranquilidad a cambia de perder el honor. Y, realmente, te lo planteas de corazón. La verdad, ni siquiera sé cómo lo hice. No es cierto que del amor se pase al odio. Hay pasos intermedios, como la rabia, la impotencia, la ignorancia... 

...y la pena. Y supongo que ahí me encuentro; quizá porque no se puede odiar a la persona que, supuestamente, cuida a la persona que más quieres. Todos contamos con cierto sentimiento de culpabilidad aunque la culpa no sea nuestra. Vivirá, llorará y morirá sola. Y sólo ella lo pudo evitar.

Pero no quiso. Y desde entonces, la quiero olvidar.

La montaña de naipes de los recuerdos no se puede derrumbar.