sábado, 14 de abril de 2018

VELAS AZULES
Porque sí. Porque lo digo yo. Porque mientras nadie me demuestre lo contrario, yo elijo el nombre de mi color. La muerte no sabe bailar, ni bebe zumo de piña tumbada en el sofá. Son las cosas de la vida las que nos hacen vivir.

Encuentro cariños vestidos de luto entre la fiesta y la ropa que voy dejando tirada por mi salón. Encuentro mimos desnudos que asoman por la ventana su aroma de vainilla, café o limón. Encuentro roces de fuego que cortan el aire y el viento del aliento que exhalo cuando me acerco a tu piel. Aún no sé cómo coger el humo de tu cigarro, el duelo de tu pasado, el llanto de mi fracaso. Aún no sé cómo curar los vacíos de mi memoria, los caminos de mis zancadas, los juguetes de mis palabras... Todavía no sé apagar las velas que convergen en un sinfín de tartas color carbón y fracaso de niño viejo que sólo encuentra desolación. Quizá sople a los cuatro vientos una nueva derrota, sin ganas o ilusión, por no tener agallas, por no tener coraje, derrotas que pierden el tiempo intentando perder la razón, cumpleaños de días enteros divididos entre el amor y... sí, entre el amor y la obligación.

¿Y qué es el amor?

El amor es no cumplir años y cumplir infinitos besos cada vez que lo diga yo. Porque las fechas son caprichosas, las eligen todos menos tú, y mi libertad consiste en ser libre, despejar incógnitas, buscar solución...

Y yo sólo quiero evitar problemas. Así es mi amor.

Tú y yo.

sábado, 7 de abril de 2018

HORAS SON HORAS

Hoy me desperté en el jardín de los deseos. Desesperado por subir a esas nubes intactas de pasión, lúgubres de sensación, con la vista es las alturas y las risas en el rincón de bolsillos de piedras llenos y lamentos de ratos buenos ocultos en el corazón. Así es el cantautor. Quizá demente, quizá senil, quizá sin suerte, sin síntoma febril. Me junto a tu lado, entonces, y pruebo todo lo que se ocurre sin pensar demasiado en el grueso de las líneas que tienen tinta negra y caligrafía china. Puede parecer que escribo por escribir, pero no todo parece lo que es. Simplemente, titubeo. Parpadeo, e incluso a veces tartamudeo. Y todo a la vez. Impresionante.

Ni soy lo mejor en algo, ni soy lo único en algo. Tampoco lo único es lo mejor. Simplemente es eso, lo único, lo que no ofrece alternativa ni solución. Da igual. No consentimos el error propio, y eso ya es un error de por sí, porque sí que permitimos el error ajeno. Puede que tenga que ser al revés... pero eso lo meditaré otro día. Ahora me quedo con los hechos, con las facilidades que esconden las dificultades, y con las dificultades que no existen, que se basan en el tiempo y que, al fin y al cabo, es lo que importa. El tiempo empleado. Lo demás, siempre será banal. Limpiar o dormir, pasear o vigilar... horas son horas.

Y esas no vuelven más.

sábado, 31 de marzo de 2018

SE ABRE EL TELÓN

La cantidad se mide en función del tiempo. Un simple número puede ser muy grande y muy pequeño al mismo tiempo según se compare en esa delgada línea de tiempo que cambia circunstancias de lugar, pero no cambia los lugares de las circunstancias. Los cumpleaños de la infancia suelen ser atemporales... conmigo lo fueron, pues no se es consciente de lo lento que pasa un año cuando eres pequeño y de lo rápido que pasa cuando añoras la inocencia. La celebración es lo de menos. La fecha en sí también, en cierto modo. Lo importante es el recuerdo. Velas de algodón, nubes de chocolate, risas de jaque mate, dulces, vagas, color marrón, marionetas de pelo cano, dibujos de tiza carbón, gritos y globos flacos, gruesos, lustrosos, con juegos y saltos cortos y juguetes en tu cajón, ventanas abiertas al viento, cerditos, perritos y pelotas que ruedan por filamentos que escoden las cortinas que guardo en mi salón. Golosinas de humo dorado, olores de fresa y melón, piel suave, roces y besos con sensación. Verde esperanza. El favorito de mi cielo que forra con terciopelo la alegría de mi razón. Y manjares suculentos, y algún que otro lobo que asusta con las palabras cuando lo permite mi corazón.

Un escenario de lujo para esos cumpleaños que se esconden tras el telón...

sábado, 24 de marzo de 2018

IMAGINACIÓN

Una vida cambia en menos de lo que se tarda en hacer un chasquido con los dedos. Nos culpa la inocencia y nos delata la verdad; no la tuya, ni la mía. La verdad real, la que pone las cartas encima de la mesa y esconde las excusas bajo la falda de cualquier persona. Encuentro cierto clímax mortal de necesidad en el cual me veo capaz de todo. Y todo es todo; no es sólo aquello que uno es capaz de hacer, sino que además se incluye aquello de lo que uno es capaz de soportar. Es decir, lo que hacemos, pero también lo que nos hacen. Todo. Sin excepción. Llevo meses con esa sensación de que algo importante va a ocurrir en mi vida, pero no sé definir exactamente el qué. Tampoco el cómo ni el cuándo, obviamente.

La imaginación puede ser parte de nuestra salvación, porque si somos capaces de imaginar todo, absolutamente todo en cada una de sus variantes, también deberíamos ser capaces de prevenir todo lo malo que podamos imaginar. O, al menos, buscar una alternativa. Y yo siempre la tengo...

...aunque la tristeza no se detenga, la rabia no se destruya ni la razón no se mantenga. Lo que tengo claro es que el tiempo no vuelve la vista atrás, y cada mal rato vivido es un momento de felicidad no vivido. Y yo sólo quiero ser feliz. A mi manera. Seguramente incomprendida... pero no conozco otras maneras. Es como las yemas de los dedos: no hay dos iguales.

sábado, 17 de marzo de 2018

EL FUTBOLÍN DE MUELLES


Siempre quise tocar el cielo y el mar en algún lugar que pudiera parecer equivocado, difícil de soñar, lleno de naufragios imposibles que nos impiden volar. Como si alguna vez hubiéramos podido... piezas dispersas en el suelo, áspero, vacío, con la amplitud justa y también la necesaria. Juguetes rotos. Calles antiguas de un casco inamovible. Quieto como el silencio, silencioso como la quietud. Figuras de indios y vaqueros, cromos, fútbol imaginario, lápices en blanco y negro y toboganes sin el recuerdo de las bolas que caían en las risas de una infancia, desperdigada en aquella casa inexistente por necesidad. Algo incomprensible. De pequeño no entiendes por qué la gente se muere. Sólo entiendes que se puede morir, pero que es demasiado difícil como para estar todo el rato pensando en ello.

Ahora pienso en los niños que nos toca por vivir, por cuidar, por proteger y valorar las sonrisas regaladas, con infinita ingenuidad. Flequillos irregulares y chupetes a los que encomendamos parte de nuestra felicidad. Niñas sinceras, que roban esos momentos que hieren las lágrimas de la memoria que no podemos recordar... ni tampoco queremos olvidar.

Y ahora que pienso en ese cuarto que nos enseñaba las vigas de madera al pasar, ahora que recuerdo ese pasillo oscuro, teniendo juegos a la izquierda, donde la tele apenas vivía y los escalones bajaban a un patio casi secreto y lleno de paz, ahora que sueño con volver a estar de rodillas ante mil juegos y peligros, con puertas contiguas en esa vieja vivienda, justamente ahora... lamento esos muñecos perdidos en cada rincón de aquella habitación que tuvo tanta vida y tanta ilusión. 

Eran rojos y azules, con un muelle en los pies para hacer palanca en el suelo y disparar el balón a la portería de aquél futbolín de suelo verde que mi tía Maruja me compró por un motivo que ya olvidé. Es una pena que olvidemos los motivos de las cosas importantes y recordemos las venganzas de las cosas nimias. Y es que tuve que tomar una decisión muy importante en mi vida: o el futbolín o el barco pirata de los playmobil... No sé si acerté o no; lo que sí sé es que no me equivoqué. No todos los niños tuvimos la suerte de tener una tita Maruja a nuestro lado...

...la vida sería de otra forma muy diferente. No me cabe duda.  


sábado, 10 de marzo de 2018

CARENCIAS BÁSICAS

La culpa vive en mi. Es cierto. Me siento culpable de demasiadas evidencias y ahora estoy sufriendo las consecuencias. Evidentemente, no puedo controlar la mente enferma de aquellos que usan su inteligencia (escasa, supongo) para hacer el mal. Las luces brillan en el horizonte y el tiempo transcurre rápido, cada día más rápido; vamos lanzados a nuestro final. Apenas nos damos cuenta de los años cumplidos por nosotros mismos... pero los que cumplen los demás, nos hacen viejos. Cualquiera pinta cuadros en las paredes de mi corazón. Hay noches completas, largas y continuas. Y hay noches aisladas, sin sueño y vacías, incompetentes e inconclusas. Nadie retiene el sueño por gusto.

Cambiamos el estilo de vida según la vida nos cambia a nosotros. No podemos hacer nada para evitarlo porque no siempre es suficiente con lo que nos basta. El problema es que el riesgo es doble, y si no queremos correr con dicho riesgo, nos arriesgamos a estar siempre igual. Igual de bien o igual de mal... pero igual, al fin y al cabo.

La paciencia guarda sus secretos. El primero y básico es no perderla por nada del mundo. El resto de sus secretos están supeditados a este tan básico y fundamental. Y ahí está el problema, que lo básico, para algunas personas no existe. Igual que los motivos. Pienso ahora en el pequeño Gabriel, y ciertamente, no encuentro motivo alguno para justificar tales actos. Pero nadie puede saber el motivo de los demás. Somos humanos.

Y así son los humanos... carentes de humanidad.

sábado, 3 de marzo de 2018

PUÑALES DE ACEITE

En un mundo imperfecto prevalecen las armas blancas, el fuego del caído, las balas perdidas y los insultos pintados de color rosa. Esquinas donde todos miran y nadie parece escuchar. Todos sienten y nadie parece pensar. Papeles por interpretar. Tirados al aire, salados como el mar. Húmedos. Sin pasos. Letras que hieren y recorren el aire sin avisar. Lágrimas de vino amargo o traiciones, así, sin más, que se escurren por mis manos y manchan la dignidad de quien se considere digno... que no todos lo pueden afirmar. Quizá me esté equivocando de amistad. O quizá te equivoques tú, o ambos... o nuestra mitad. O alguien que no tiene nombre y guarda bajo la falda un puñal bañado en aceite para que pueda resbalar.

Después de todo, reina el desconcierto. Los labios pronuncian palabras que a veces ni se pueden soñar, y los sueños hablan por sí mismos. Nos volvemos impersonales, con alma de Caín y rezos sin razón, motivos para morir sin sentida compasión. Todo lo que divide puede sumar, aunque sea poco, mínimo, inusual. Nadie pide nada a cambio. Sólo poder estar. Porque siempre intento ayudar a los demás hasta cuando no puedo ayudarme ni a mi mismo.

Yo sufro por los dos, y parece que nadie sufre por mi. Y sin sufrir me trago el caldo del amargor, el río del veneno, la dulzura de tu amor. Puñales que queman en silencio...

...cuando escucho tu gélida voz. Porque la culpa no es tuya, y las víctimas, un millón. No eres la única que llora en mi balcón.

Así soy yo.