sábado, 19 de septiembre de 2015

UN EXTRAÑO SUEÑO

Al principio, fue el olfato. Había demasiada gente y alguien me lo advirtió. Olía a quemado. Como si tuviera alas en los pies, me aupé sujetándome con las manos a algún lado desconocido de la planta superior. Entonces, lo vi. Efectivamente, había fuego en la planta superior. Todos comenzaron a correr. Estábamos 10 o 12 personas, pero las caras se me difuminaban. Sólo alcancé a distinguir a mi hermano Alfonso y a mi hermano Miguel. El resto, parecían desconocidos.

Empezaron a agolparse en la puerta del patio y, poco a poco, la casa empezó a quedarse inhabitada. La planta inferior estaba intacta. Cuando miraba al techo sentía el calor, y el blanco se convertía en multicolor con el miedo al desprendimiento de cualquier cosa sobre mi cabeza. Pero me sentía seguro, sin miedo, convencido de que todos teníamos tiempo de sobra para salir. Y yo fui el último, tranquilizado al ver al policía acordonar la zona. Desde la puerta, hasta la esquina de la plazoleta.

Pasaron un par de coches de bomberos. Atravesé la plazoleta y miré al frente. Vi el fuego por el balcón, y después por la ventana... y allí estaba él. Pensaba que yo fui el último en salir, pero no era cierto. Mi padre estaba arriba, rodeado de calor rojo y negro humo.

Lloraba. Veía fotos y las besaba. Se despedía de ellas, de sus recuerdos, de sus vivencias. Desprendía nostalgia y serenidad al mismo tiempo. Me volví a acercar a la puerta y le grité. Con todas mis fuerzas. Tenía que salir de allí. Y no pude hacer más. Simplemente esperé...

Y al rato apareció. Me dijo que estuviera tranquilo, que estaba bien. Sólamente hacía lo que tenía que hacer. De pronto, miré a sus brazos. Tenía un bebé recién nacido. Un niño. Me lo entregó cuidadosamente y, simplemente me marché.

Se quedó esperando. El fuego había desaparecido en mi mente. Y allí se quedó, fumándose un cigarro. El que es como es, no cambia. 

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