sábado, 9 de julio de 2016

PAPÁ

Papá. A veces, te despiertas gritando papá. Y cuando no estoy, en la ignorancia de la distancia, ni te oigo ni te escucho. Ni puedo acudir a ti. No sé si sueñas o si me necesitas. O quizá ambas cosas. Sueñas entre balanceos, y giras sobre ti misma mientras lamentas, mientras deseas, mientras respiras actos ajenos o impropios. Repercusiones de no pensar, de actuar tarde, o de dejar hacer. Cualquier opción me vale. Pasamos del "¿Da está?" al llanto, al agua, sentada sobre una baranda que sujeta las ilusiones de quien tiene no más de tres años. Todos los llantos valen igual, intencionados o provocados, vistos u ocultos. Y en medio de la noche te pierdes con la mirada de un lugar que no debiera ser diferente, pero que lo es. Cierras los ojos y me abrazas, tumbada, huyendo del sudor y buscando a... Papá.

Ahora todo lo quieres hacer tú, sepas o no. Entiendo que es normal. Y tú decides donde va cada objeto, cada persona, cada cosa que ves e intentas entender. Sonrisa embaucadora cuando aprecias novedad e ilusión en algo que no conoces. Miles de palabras con apenas 4 consonantes, suficientes para hacer entender. Para mi sólo te hace falta una.

No sé explicar lo que siento cuando me despido de ti una y otra vez, y otra, y otra... es como verte morir y no saber dónde encontrarte mientras me buscas con la mirada...

Al fin y al cabo, son todo altibajos. Después, cuando me vuelves a ver, corres y me abrazas, y sonríes, y es como volver a verte nacer. La vida está descompensada, pero intenta compensarse ella sola aunque sea de vez en cuando...

Papá... ojalá lo entiendas algún día, ojalá pudieras entenderlo ahora. Sí, papá. Dime, hija...

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