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sábado, 18 de agosto de 2018

LECHE DE FRESA

La culpa es de quien la padece. Con los cuidados paliativos de las invitaciones que participan en vano de la mano de la paciencia. Lo siento. Nada compensa lo que no se puede compensar. Ni siquiera la fe... o la falta de fe. Hubo una vez en la cual encontré el límite de la paciencia, ya que ha salido el tema. Sí, lo reconozco. Encontré el límite, y decidí usarlo. Con mucho acierto, debo decir. A partir de ahí, aprendí a subir ese límite o a bajarlo en función de la necesidad. Después de todo, o la enfermedad va antes que la muerte, o bien ésta nos pilla por sorpresa. Tanto me da que me da lo mismo. Las nubes ya no se deslizan por las caricias de las canciones que cantan mis auriculares.

Me quedo con su sonrisa de cinco años recién estrenada. Supera con creces a la anterior. Me quedo con su llanto consentido, pataletas de niña desdichada falta de carencias que aún desconoce mi razón, aunque entiende mi corazón. Me quedo con su mirada reluciente de ojos chisposos llenos de amor. Con sus palabras agudas, sus gritos dirigidos, sus abrazos por sorpresa y sus juegos sutiles plenos de imaginación. 

Me quedo con sus saltos al cielo, sus bailes imprevistos, su leche de fresa, sus pompas de jabón, sus cuentos al aire y sus pegatinas en la piel. Me quedo con todo eso y con mucho más. Sueños, palabras y vuelos imposibles. Y una gemela de tres años que no para de decir 'mana'. Pero todo llega, y alcanzaré mi venganza, ya sea en esta vida o en la siguiente, de alguna manera que aún no puedo adivinar.

Y no me quedará nada más por hacer. Salvo ver la lluvia caer en esa sonrisa de cinco años...

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