sábado, 30 de enero de 2016

EL ARREPENTIMIENTO DE LA REFLEXIÓN

Me pregunto si sabemos lo que queremos o no, si tenemos claro lo que nos gusta o lo que nos desagrada, si sabemos a ciencia cierta el valor de aquello que desechamos con demasiada facilidad. La cultura nos influye, y la educación nos permite aprender de los errores y no ser unos vanidosos de la victoria. O viceversa. Entonces nos da por reflexionar... o por arrepentirnos. O puede que ambas cosas a la vez, aunque eso sería mala señal de que algo no es como debiera. El caso es que, sea reflexión o no, no deja de ser verdad. Todos los actos tienen una consecuencia.

Bien. Veamos la primera reflexión: Cuando hacemos algo... ¿cómo sabemos si nos hemos equivocado o no? No se puede saber, porque si supiéramos que nos vamos a equivocar, no lo haríamos, salvo que queramos equivocarnos adrede para obtener, a posteriori, un beneficio mayor. Pero eso sólo ocurre en los juegos, en los riesgos o en las apuestas. En cierto modo, cuando hacemos algo de lo que dudamos, estamos arriesgando un trozo de nuestra alma. Toda la vida es riesgo; toda la vida es decisión. Desde el mismo día en que nacemos.

Esto me lleva a la segunda reflexión; ¿Nos arrepentimos por algo que no nos gusta, o por algo que no le gusta a alguien? Cuando uno decide tomar un camino diferente al que lleva es precisamente por que el camino que lleva no le gusta, no le convence, o simplemente considera la posibilidad de que puede existir un camino mejor, aunque esto implica un nuevo riesgo, evidentemente. En definitiva, todos buscamos mejorar. ¿Por qué me voy a arrepentir de intentar mejorar algo en mi vida? Sin embargo, si ya vamos por el mejor camino y lo abandonamos, por la causa que sea, sí que habría motivo de arrepentimiento: perdemos algo bueno a cambio de algo no tan bueno; sobre todo si ha sido culpa nuestra el habernos alejado del camino...

Por tanto, lo único de lo que nos podemos arrepentir es de no intentar, de no ser, de dejarnos convencer, de volver la vista a un lado haciendo oídos sordos a los sonidos que nos llegan por el otro lado.

Además, tengo una cosa muy clara: en conciencias tranquilas el remordimiento no tiene ganas de vivir... Y es difícil creer en las casualidades.

A conciencias negras, palabras vacías y promesas guardadas en el tercer cajón...

sábado, 23 de enero de 2016

GUERRA DIVIDIDA

Todos tenemos un pasado. Nunca debemos olvidar esta premisa, porque en cierto modo, nos guste o no, nos afecta a nuestro futuro. A algunas personas se les olvida. No sólo lo del pasado... también lo del futuro. 

A veces me quedo pensando en el limbo, imaginando lo iluso que uno puede ser cuando se cree lo que no es capaz de descubrir por bocas que no saben indicar cuándo mienten o dicen la verdad. No es tiempo de lamentar lo que en su momento no se supo comunicar con apenas el tiempo despreciable del caer de la lluvia en los charcos de la ciudad. No existen las mitades iguales de los que no supieron dividir a tiempo. Yo también quiero mi mitad, pero es difícil dividir la vida, la calma, el tiempo, la paz; no se puede dividir la guerra, los actos o la provocación de las palabras necias. No se puede dividir la muerte, ni la mirada de quien se despide sin saber que siempre es la penúltima vez.

Tampoco se divide el amor. Si acaso, se comparte...

Y, sin embargo, creo que jamás dejaré de sentir pena por tantas y tantas cosas que han pasado y, en cierto modo, podrían haberse evitado. Aunque no siempre esa es la solución; en lugar de evitar, se podría decir mejorar, cambiar, modificar, incluso actuar de formas distintas según cuán diferentes sean ciertos lugares llenos de esperanza. 

No quiero llorar. Me duele ver la fragilidad que evidencia aquello que no se puede evitar. Me duele ver lo inútil que he podido llegar a ser sin querer aparentar; lo triste que puedo estar por remar en dirección contraria; e incluso me duele la inmensa frustración de la sensación obtenida por realizar deberes que convirtieron en obligaciones que no debieron interpretarse como tales. La vida está llena de matices, y en cada uno de ellos impregnamos nuestra personalidad, ya sea de forma voluntaria o involuntaria. En el cielo no existen los sueños, mientras que quizá las pesadillas se alimenten de la forma en la cual cada uno interpreta su propio infierno...

A veces, tomar ciertas decisiones implica perder mucho; con el tiempo, se pelea para recuperar lo que la guerra no puede dividir... aunque haya que entrar en guerra.

A ver cuándo nos dan la paz...

sábado, 16 de enero de 2016

DIENTE DE LEÓN

Nunca sabemos si la forma de actuar que tenemos en relación a algún determinado asunto va a ser la correcta. Ni lo sabemos, ni lo sabremos hasta que llegue el momento. El dilema siempre existe. La disfunción de lo evidente es incapaz de negar la realidad. Otra cosa diferente será el cómo y el por qué de los acontecimientos venideros.

No ceso en el empeño del pensamiento neutral en lo que concierne a lo que se presenta justo o injusto. Cuando alguien hace algo ilegal, es ilegal a todas luces, independientemente de que queramos reconocerlo o no, o mejor dicho, de que queramos actuar en consecuencia o lo dejemos pasar por alto. He ahí el dilema planteado anteriormente, más aún cuando la pena a aplicar no es deseable, de ninguna de las maneras, en cuanto a forma o causa.

Mi tristeza es, una vez más, justificada, como carne desgarrada por diente de león hambriento. No puedo dejar de preguntarme los motivos, una y otra vez, del por qué de los hechos no pensados y presentes de una vileza que no tenía motivo para demostrar. 

Lo ilegal es reprochable, pero no todo lo reprochable es ilegal. Y ahí andamos, debatiéndonos entre lo correcto, lo probable, lo improbable y lo menos deseable. Lo que tenga que ser, será...

...y con la justicia hemos topado.

sábado, 9 de enero de 2016

VIDAS INJUSTAS

Nadie decide su destino, ni siquiera quienes creen lo contrario. Al final, después de todo, se confirmó lo que más tarde o más temprano tenía que llegar. Lo que nadie me puede negar es que la vida es, para algunas personas, demasiada injusta; para otras, un regalo no merecido, quizá, o una serie de mecenazgo poco interesado, aunque no lo parezca. Y sí, claro que se llora, por mucho que se espere o por muy inesperado que sea. Aunque tampoco hay que fingir demasiado lo que no se siente por mucho que se necesite mostrar la desgracia asumida como propia. Después de todo, el desenlace no deja de ser el mismo.

Nadie querría verse en situaciones parecidas, pero ya sabemos que no podemos escoger. Lo que se nos impone, se nos impone, y cuanto antes se acepte, antes se encontrará el camino de la felicidad. Pero no nos equivoquemos: dicho camino no es el de los demás. Es fácil lavar conciencias y pensar que tu generosidad se puede negociar a cambio de pensar que la otra persona es más feliz. No. No es así. La otra persona, por su situación en sí misma, nunca puede ser más feliz; si acaso, mantener un punto de incertidumbre y esconder la desdicha convertida en sonrisa. Quien es más feliz es uno mismo que se cuida muy mucho de guardar un buen acto en forma de complaciencia y que, a la larga, te sube el ego más alto que la propia estima, si es que somos personas preparadas para soportar tal competición.

A veces vaticinamos lo que es evidente, y lo decimos a personas ciegas de conocimiento por usar vendas en los ojos como trapos que sólo sirven para limpiar el polvo. Y vaticinar lo evidente no es ser un adivino, es simplemente usar la razón y engañar, aunque sea un poquito, al corazón. Pudiera parecer que pasarían tres años, y apenas ha pasado un año del momento en que rubriqué aquella firma en un puñado de papeles con verdaderas evidencias.

El que no se consuela es porque no quiere... y el que no quiere es porque no se consuela. No hay más víctima que la que ve pasar el tiempo sin solución ni remedio; pero no quieren que el remedio sea la solución.

El cielo también está lleno de injusticias.

sábado, 2 de enero de 2016

PERDONES DE COLORES

Amor. Sí, amor. Esa palabra de abstracta definición y llena de matices que se pronuncia con demasiada facilidad. Camino empedrado y rocoso que simula felicidad. Qué fácil es decir ciertas cosas cuando cuesta tanto demostrar un interior que puede estar tan lleno como vacío. Ya sabemos, a estas alturas, que hay quien no predica con el ejemplo, precisamente. Estrenamos año con los mismos propósitos, sin nada que cambiar y con mucho por mejorar. Nos desean amor, que nos amen mucho y que amemos más aún. Nos desean propósitos para los demás cuando esos mismos que los desean puede que carezcan de ellos. Al menos, desde mi punto de vista, que intenta huir de la subjetividad, pero que no por ello deja de darse cuenta de ciertos aspectos que me llevan a tener mis propias creencias. No se puede dar amor cuando uno intenta hacer daño permanentemente. De nuevo, palabras falsas para limpiar conciencias y lavar caras.

En fin; estrenamos año y mis deseos para todos son los de siempre. No quiero que ningún año sea mejor que otro, ni que nos aporte más felicidad o menos felicidad que otros años. Cada año es único y diferente, y no hace falta que mejore siempre al anterior, porque creo que se me antoja imposible. Basta con que sea bueno, nos quieran, nos cuiden, estemos con quien queremos estar y respetemos al resto de la gente. 

La madurez la alcanza quien no ve las cosas siempre de color de rosa. Sé que hay gente, algunos pocos, que sólo vive para amargar la existencia de otros pocos. Amé de la mejor forma que supe y, sin cambiar mi forma de ser, ahora tengo mucho más que antes. Sólo hay una cosa que me duele, y me dolerá siempre. Quien me conoce sabe a qué me refiero. Ahora me piden mil perdones con nombres de color, cuando quizá no supieron ver que, en su momento, necesitaba mil respetos y entender mi forma de ser. Pensaba que me entendían, pero con el tiempo vi cuánto me equivoqué.

Mi dolor también desaparecerá con el tiempo. No quiero adelantar minutos del reloj, pues éste es el mismo para todo el mundo. Eso también lo he aprendido hace poco. Pero al final, después de todo, lo que es, es. Y el que no quiera salir retratado, como decía un amigo mío, que se quite de delante de la cámara.

Amén de ser pretencioso, nada más lejos de la realidad. Perdón. Del color de la vergüenza, para aquellos que no sepan lo que significa la vergüenza.

O, simplemente, les da igual. Nunca la han usado.