sábado, 8 de agosto de 2015

LA ÚLTIMA VEZ

No sabemos cuándo va a ser la última vez de algo. La última vez que di un paseo, la última vez que bajé a la playa, o la última vez que compartí mi esencia sin saber si quería o no. No sabemos cuándo va a ser la última vez que hagamos un viaje, que vayamos a comprar, o la última vez que riámos, lloremos, compartamos tristezas o recordemos nostalgias. La última vez. Juntos.

O separados.

Porque el tiempo demuestra que ambas cosas a la vez es demasiado complicado. La última vez. Quizá sea la última vez que escriba, que sienta, o la última vez que recuerde.

O la última vez que intentaran reírse de mi. Y la última vez que muestro mi ingenuidad. O puede que no, pero no será la última vez que, al menos, lo intente.

Lo cierto es que el tiempo, para bien o para mal, para todo tipo de aniversario, sea blanco o gris, memorable o deplorable, triste o disfrazado de tristeza, termina pasando. Y pasa, y sigue pasando, no sin cierto escozor ni mal llamado remordimiento. Comenzaba a brotar la semilla que, nos guste o no, termina germinando cuando sabemos que la estamos plantando.

O quizá no lo sabíamos. O no lo sabían.

El caso es que ha pasado casi un año, y los motivos, míos son, y no de los demás. Aunque me debato en la moralidad de compartirlos o guardarlos un rato más, un rato de mil años, o apenas mil instantes. Aunque sea compartirlos a ciegas. Todo es posible, y todo depende de cómo vea el efecto de la aceleración de la cura de las heridas causadas.

Porque la injusticia sigue existiendo. Y no seré yo quien sea más justo que nadie, pero al menos escucho mi verdad.

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