lunes, 2 de diciembre de 2013

LA SUMA DE NUESTRO CIELO (II)

...pero a ver si tú me entiendes a mí. Porque hace tiempo que no me esfuerzo en algo que sé que no merece el esfuerzo de los demás. No merece la pena. Todavía no sé qué buscas, ni lo que esperas encontrar. Renuncias a tu suerte despreciando tu dignidad. No te sientes libre y quieres secuestrar. Quizá debí dejarlo claro antes de empezar. Caminas por la vida sola, y encima, vas sin mirar… Y sigo pensando que no es una declaración aquello que no se quiere declarar. Y no… no quiero rimar. 

Bien. Vayamos por partes. Que aunque pudiera parecerlo, no quiero llegar a emocionar aunque hable desde el corazón, y al corazón quieran llegar en forma de lágrimas las palabras que mi garganta no siempre se atreve a pronunciar. No es un secreto que no vivo en la felicidad. Problemas tenemos todos, aunque tampoco me quiero quejar. La mayoría de las veces vivo por la inercia que la vida nos marca en su línea, y que no se puede fracturar. No siempre estoy triste. A veces permito que la melancolía siga su camino… si es que de mi se quiere apartar. Mujer, que tanto tiempo quise y que tanta resistencia muestras cuando te quieren amar. Siete y ocho horas al día me roban los sueños al tiempo en mi forma de caminar, en mi vida, en el freno de la creatividad. Y hay días, que suelen ser mayoría, en los que el sustento depende de cada uno de mis actos y que marcan el horario de todo aquél que necesita una necesidad: la de trabajar. Y no puedo hacer más. De verdad. El tiempo no es más tiempo ni para el bueno ni para el regular, ni para el malvado ni para la verdad. El tiempo es único. Siempre el mismo. Y si un día te regala dos horas, el día siguiente te las va a quitar. 

¿No quiero estar contigo…? Demasiada relatividad. El arma de la mentira afilada con el brillo de una hoja de cristal. Prefiero pensar que no existe un esfuerzo mutuo por estar donde uno cree que debe estar. Físicamente… o en tu realidad. Porque si trabajo de noche, no tengo otro sitio mejor donde estar. Y sueño despierto con otra posible verdad, la de meterme en tus sueños para estar siempre contigo en el lugar donde tú elijas estar. El camino es recíproco. Y si yo no estoy contigo, tú conmigo tampoco estás. Que me duele tu mirada al frente cuando te alejas de mi porque así lo deciden mis pies al caminar. En sentido contrario. El necesario para que ambos podamos respirar.

A veces me acuesto casi a la hora de despertar. Y vivo pendiente del ritmo, a veces lento y pausado, constante, incipiente, cruel y necio de las pautas de la ansiedad. Sí. No lo niegues. No tengo una vida normal. Y no recibo la ayuda que quisiera poder brindar. No te culpo. La culpa, como todo en la vida, es sólo de quien se la quiere apropiar. Pero tampoco me culpes a mi. Mi cuerpo forma parte de nuestra propia debilidad. Sigo necesitando ayuda… cada día más. Y para poder conseguirla, parece que cada día que pasa el precio es más alto y la recompensa de peor calidad.

Mi primer problema es que no soy perfecto. Por tanto, no busco la perfección en los demás. Si un día no se limpia, ni se cocina, ni me quieres acompañar… si un día duermes más, si lloras, pasas frío al trabajar, si no tienes ganas de más, no funciona la tele, las pastillas están donde no deben estar… si mi pijama ocupa la percha que no debe ocupar, o me lo dejo en tu mitad… si un día no me quieres hablar… no me importa. Ni quizá me importe nunca más. Porque el cinismo está lleno de verdad, y las frases que compartimos son para los demás. Por eso repito: no me importa. Y sé que, quizá, muchas cosas están mal. Pero también sé que de eso no depende mi felicidad. Son cosas que no echaré de menos cuando vuelva la vista atrás. Me podré arrepentir menos o me podré arrepentir más. Pero también habrá cosas de las que no me podré arrepentir jamás. A veces, me duele que me vean así, como yo me puedo ver en determinados momentos, y que hagan como si no me pasara nada.

Mi segundo problema es que carezco de personalidad. Y cuando decido enseñarla, actúo con maldad, pierdo parte de mi bondad y mi libertad vuela libre en busca de su propia felicidad. Tengo siempre que comprender a los demás cuando están mal incluso aunque nadie sepa leer en mi lo que mi alma quiere contar. Palabras al viento que huyen de herir toda sensibilidad. Susceptibles de crecer frente a un cambio de personalidad. Y, como dije, carezco casi por completo de ella. Así que, en este aspecto, no puedo protestar. Yo mismo me lo he buscado.

Y mi tercer problema es creer en la libertad. Aparentar mi disimulo, disimular que aparento felicidad, que hago lo que me gusta, que soy dueño de mi destino y que siempre elijo aquello que deseo realizar. Y este es el mayor problema de todos, porque cuando gasto mi tiempo en mi, no lo gasto en los demás; y aparece el desprecio, la elocuencia, la vanidad. La falsa mentira, la mentira de la verdad. A implica B, y B implica C. Y C es consecuencia de A, por lo que mi tiempo pertenece a A, sí o sí, o de lo contrario, no sé amar, ni parece que quiero a nadie, y el egoísmo parece hacerse dueño de mi corazón. Simplemente, por intentar ser yo. Por intentar vivir. Ya sabemos que cuando hay que elegir entre dos o más opciones, siempre nos vamos a equivocar. Y yo no iba a ser la excepción. Así que siempre me equivocaré. Da igual lo que elija. Y claro, el fracaso lleva a la depresión. Y uno se cansa de pensar tanto en el verbo fracasar.

La comunicación es inútil cuando la comprensión no existe en alguna de las partes. 

Sé que no te va a gustar. Pero no tengo una forma mejor de poder hablar. Y aunque obtenga tu perdón, yo nunca me lo voy a perdonar… porque no busco tu perdón. Sólo busco enseñarte otra forma de mirar. Compartiendo luces. Direcciones únicas. 

Aún existo. Y estoy más cerca que tu verdad. Más de lo que puedas imaginar...

Viene de aquí: http://tarifadirecto.es/component/content/article/13562-la-suma-de-nuestro-cielo-i

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