lunes, 22 de julio de 2013

GOTAS DE CANSANCIO

Por muy bien que se sepa tratar el ruido, ruido será siempre ruido. Se puede disimular, pero ya no es lo mismo. Si no se dice, puede que tengamos alguna ventaja... pero el que entiende, más o menos es capaz de percibirlo. La semana pasada vi en mi noche mucha oscuridad. Aunque ya no recuerdo cuál. Tres horas sin dormir, deambulando con la ropa siempre justa que uno viste cuando hace calor. Sístoles y más sístoles... y las extras por delante. Por mucho que no quiera pensar, al haber cosas que ni se piensan, no se pueden ni siquiera controlar. Y, realmente, eso es lo que ocurre. No termino de estar bien, a pesar de las distracciones, de los momentos que uno busca para meditar y de la suerte del que no quiere llorar. Puede que tenga que aceptar un destino que ni siquiera puedo conocer, y eso desanima bastante. Mucho, se podría decir. Más de lo que se puede imaginar. 

La verdad es que siento, sobre todo, cansancio. Cada latido de menos acelera el siguiente, y cada vacío en el pecho es una gota de cansancio que va minando la energía que por las noches uno nunca llega a recuperar. Odio la incertidumbre por naturaleza, y mi cuerpo no sabe frenar las decisiones del cerebro que éste toma en mi contra sabiendo lo que acabo de afirmar. Todo se me hace interminable. El día. El mes. La semana. Las horas que quiero que pasen pronto. Las horas que no pasan. Los minutos que cuento en mi reloj. La finalización de las tareas. El llanto de las injusticias. La rabia de la incomprensión. La lucha por la, seguramente, inexistente felicidad. Y creo que debe ser así, porque cuando uno no es feliz haciendo lo que hace, entiendo que todo se me haga interminable. Porque nunca hago lo que quiero, y casi nunca quiero lo que hago. 

No tenemos primaveras que nos ayuden a coger tono antes de vivir, año tras año, el cansancio del calor. Y los otoños son demasiado largos y se pierden sin poder mirar al sol. Tengo sensaciones extrañas que poco ayudan a la vida o al amor. Necesito que termine agosto. Apenas puedo sentarme sin sentir volcar el corazón. Y mi alma no despega, ni el viento puede volar con la angustia de quien siente que a cada momento puede dejar de respirar. Pero, después de todo, siguen siendo gotas de cansancio. Porque la vida agota, y vivir... no me lo quiero ni imaginar.

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