martes, 13 de julio de 2010

LA NOCHE QUE QUISE CONTAR LAS ESTRELLAS

Aquella noche en que todo sucedió, quise contar las estrellas. La luna me lo impidió; brillaba fuerte, dulce, bella, robando protagonismo al verano, esa estación que acorta las noches pero alarga las penas. Sol y luna conviven en verano para mitigar el calor en las noches donde el viento se pasea por nuestros cuerpos. Aquella noche, así lo quiso el destino, la luna emergía en mi copa de vino, agrio por el viento, solitario por el momento del misterio juguetón, quizá meramente mezquino. Una noche más, las estrellas no se pueden contar, pues si vives en ciudad, la mayoría se esconden, si vives en el campo, la luna no ilumina si es de tamaño escaso, la luna engaña si es de blancura extraña, lechuza si daña a los ojos, pura si apetece besarla. Aquella noche de verano, como tantas otras que estuve a tu lado, quise contar las estrellas, ponerle un nombre a cada una, y estar siempre citando la sonrisa de tu ternura. Siempre quise contar las estrellas, pero teniendo la más bella, no puedo contar ninguna, si acaso cuento la luna, es fácil, en este caso, pues siempre hay una... o quizá ninguna, si es nueva o naciente, invisible o intranquila. Seguiré intentando contar las estrellas, pero esta vez sin prisa, tranquilo, con tiempo. Y si puede ser, algún día que no llueva y que tus ojos me iluminen la luna... nueva.

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