lunes, 21 de junio de 2010

AQUELLAS TARDES DE VERANO

El verano era mi época favorita. Ahora no tengo ninguna, me conformo con el día a día. Dependiendo de la edad, el verano servía para unas u otras cosas. No he sido niño ni adolescente de ir a la piscina o a la playa. Mis tardes de verano eran creativas. Cuando era más niño, enrramblaba el pasillo de juegos y juguetes, inventaba cómo pasar las tardes con mis hermanos, y terminaba de suciedad hasta las orejas. Cualquier cosa valía con tal de restregarse sin parar por el suelo. Después, con el paso de los años, las tardes se hacen más largas. Aquellas sobremesas con el coche fantástico, el halcón callejero, el trueno azul o cualquier mega-vehículo con poderes eran fantásticas. Cuando ya se iba un poco el calor, el cansancio no hacía mella en la calle y salíamos a correr y a jugar hasta bien entrada la noche con los amigos. Los finales 80 y primeros 90 volvieron a transformar mis veranos. Recuerdo que mi padre llegaba  de trabajar, a veces por la tarde, a veces por la noche, dependiendo del turno, y nosotros esperábamos a que comenzara la retransmisión del Tour, los programas y películas nocturnas... y entre tanto, inventábamos juegos o jugábamos al ya nacido Spectrum. Vino la época de los juegos de rol, de lectura de libros de 200 páginas llenas de reglas para interpretar la realidad lo máximo posible. Y antes de mitad de los 90, el PC, el ordenador tal y como lo conocemos, más lento, más feo, con menos colores y armatostes más grandes, pero PC al fin y al cabo. Después, las inquietudes del diseño, del aprender informática, de innovar, de crear. Con el tiempo transcurrido, el verano se transforma en un mes... y gracias. El único mes, si es que tenemos esa suerte, de vacaciones, un mes, o 20 días, o quizá 14 días... Y justo ahora, tras pensar el verano del año pasado, o del anterior, quien sabe... quizá me doy cuenta de que prefiero el invierno.

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