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jueves, 3 de diciembre de 2009

DÍAS TRISTES


Los días tristes son difíciles de olvidar. Por mucho empeño que pongamos en ello, siempre están ahí... recuerdos impenetrables e imborrables que te dejan huella. Hoy es un día triste, pero no deja de ser un día triste que en unas semanas o en unos meses, será olvidado. Y si es recordado, lo será por algo alegre, porque hoy llevé el CV a algunas empresas. Nunca se sabe.

No recuerdo tristeza alguna como la que sentí cuando vi a mi hermano salir de la Estación de Tren rumbo a Madrid. Se había alistado al Ejercito. Amargos recuerdos entre los olivares de Jaén, entre las lágrimas de regresar a una casa cada vez más vacía. Mi hermano pequeño, en la Marina. Orgulloso de la nación, ignorante de su destino, dejó triste el corazón de su familia por el camino que lo llevó a la desilusión de no encontrar su sino. Aquellos días en los que las tardes empezaban a ser antes más oscuras y los días más cortos, aquella tarde en la que mi abuelo decidió guiarlo desde el cielo, aquel atardecer en que mi madre tenía que pensar en otro plato menos en la mesa para el día siguiente, al llegar al salón de mi casa rompí a llorar. Hay cosas que no pueden cambiar, y prefiero que nunca lo hagan. El silencio de mi casa guardaba este secreto, jamás contado, jamás compartido. Como dije al principio, afortunadamente, los recuerdos son imborrables. Desde entonces, no me gustaron los trenes que iban desde Linares-Baeza hasta Madrid. Ironías de la vida, años más tarde este mismo tren se convirtió en mi mejor aliado. Pero esa es otra historia...

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