domingo, 15 de noviembre de 2009


LA NAVIDAD QUE SE LLEVÓ A MI ABUELO

Cuando todavía queda más de un mes para que llegue la Navidad, si consideramos su llegada el 22 de diciembre, con el popular sorteo de la lotería nacional, ya se pueden ver en algunos escaparates el juego de luces y el engaño ornamentativo para que entres y compres cosas que, muchas veces, no te van a hacer falta, y seguramente tampoco a quien se lo regales...

Debo confesar que la Navidad me gusta. Las luces me llaman la atención igual que a un niño chico. No me gusta el consumismo, me gusta ir por la calle y ver luces, mirar cómo van a ser las siguientes luces al torcer una esquina, ver los adornos en los balcones, y también en la propia casa. Quizá sea lo único que me guste de la Navidad. Por eso, aunque son unas fechas tristes, aparentemente a mi no se me ve triste.

Una tarde gris de un 25 de diciembre, la Navidad se llevó a mi abuelo. Aún recuerdo a mi hermano Miguel y a mi primo José entrar en la cochera de un amigo, donde estábamos jugando con varios ordenadores conectados, en la época en la que Win95 trata de destronar al MS-Dos, gritando aquella frase que jamás olvidaré: "Alfonso, Manolo, Salvi... el abuelo ha muerto". Esa es la tristeza de mi Navidad. En realidad no importa la fecha en que se muera la gente. Importa la fecha en la que no está. Pero más triste es no estar pudiendo hacerlo, y esa es la verdadera tristeza de la Navidad. Al año siguiente, mi abuelo no estaba, sabiendo además que fue ese día el que tuvo que marcharse. Pero estábamos todos los hermanos con mis padres, y eso es lo que mi abuelo, y en definitiva, la gente que desaparece, quiere: que seamos felices. Una muerte no cambia nada. No hace falta que muera alguien para echarlo de menos en una fecha señalada, ya nos encargamos nosotros mismos de no estar.

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